Mirando Orte en 1973 —dos años antes de su asesinato— Pier Paolo Pasolini enfoca su atención en la línea nítida que separa la ciudad antigua, histórica, de la ciudad moderna, como una hoja afilada que cortando la tierra genera una frontera.

Consideración estética que Pasolini condensa en el vídeo La forma de la ciudad, destacando por un lado la belleza, armonía y plenitud de la forma de la ciudad antigua —agraciada, que se adapta a la curvas sensuales del monte en el que se apoya, silenciosamente densa— por el otro la banal trivialidad de los edificios modernos, masas de cemento sin alma, ruido molesto en la quiete de la ciudad. Línea, separación, frontera que se convierte en la representación física, estética —pues sensorial— de una fractura, proyección espacial de algo que se ha perdido en múltiples ámbitos de nuestra modernidad.

La economía: la búsqueda capitalista del máximo beneficio ha generado deformaciones espaciales sin precedentes, eliminando, en el ámbito estético, el diálogo entre los edificios y entre edificios y naturaleza, en el ámbito social silenciando el protagonismo de las personas que habitan un lugar a través de un urbanismo autoritario, que no involucra a las personas en los procesos decisionales.

La relación entre ciudad y naturaleza: la producción es el elemento que hoy en día une la ciudad con la naturaleza, siendo esta última considerada como un elemento insignificante, o incluso molesto, si no es productiva. La relación profunda entre ciudad y naturaleza, evidenciada en el vídeo a través del diálogo entre la forma de la ciudad y la naturaleza como telón de fondo, ha desaparecido. Sentir el origen de los materiales de los lugares que habitamos, su procedencia, su historia, es algo desconocido. La única actitud aparentemente respetuosa hacia la naturaleza y el ambiente se presenta cuando producen beneficio. Ante el beneficio la destrucción se detiene.

El ámbito artístico-estético-(des)educativo: se ha producido un empobrecimiento en la sensibilidad hacia las artes —que siempre ha acompañado los procesos constructivos a lo largo de los siglos, en mayor o menor medida— convirtiendo nuestros lugares habitados en volumen construido objeto de especulación, vaciado de todos los elementos que definen la experiencia sensorial, personal, humana, de habitar un lugar.

Como escribe Lewis Mumford en La Ciudad en la Historia [1961]:

«[La] educación constante de los sentidos constituye la base elemental de todas las formas superiores de educación. Cuando existe en la vida diaria, una comunidad puede ahorrarse la obligación de organizar cursos de apreciación del arte. Y cuando no existe, esos esfuerzos son en gran parte triviales y autodestructivos, ya que se dedican principalmente a los clisés que en el momento están de moda y no a las realidades subyacentes. Cuando falta un medio ambiente de este tipo, hasta los procesos racionales están medio hambreados: la maestría verbal y la precisión científica no pueden compensar esta desnutrición sensorial. Si ésta es la clave, como descubrió la señora Montessori hace largo tiempo, de las primeras etapas de la educación del niño, sigue siendo válida incluso en un período posterior; pues la ciudad tiene un efecto más constante que la escuela institucional».

En cambio en nuestra sociedad sólo se habla de arte en dos casos: inversión económica o vanidad seudocultural. El arte como elemento invisible para revolver las conciencias y encontrar equilibrios nuevos, un arte sin cotizaciones, es considerado un acto perturbador.

Si observamos, a cuarenta años de distancia del grito solitario de Pasolini —quien, aislado por su capacidad crítica radical y subversiva, será asesinato, en soledad, dos años más tarde a tan solo unas decenas de kilómetros de Orte— una ciudad moderna cualquiera constatamos que la fractura es hoy en día aún más profunda y sangrante y se puede encontrar en la mayoría de las ciudades, independientemente de su ubicación.

Las periferias de las metrópolis —aunque no presenten la unidad formal de ciudades como Orte— reproducen la misma fractura: zona de centros comerciales o de bloques prefabricados todas iguales al lado de centros históricos representan la muerte del arte de habitar, estética y antropológicamente: un urbifragio.

La ciudad siempre ha sido la huella de la vida, y siempre ha sido presente una sensibilidad estética en los habitantes. Siguiendo con las palabras de Lewis Mumford:

«La vida florece con esta dilatación de los sentidos. Sin ella, los latidos del corazón son más lentos, el tono de los músculos es más bajo, la postura carece de aplomo, faltan las distinciones más delicadas de la vista y el tacto, y quizá la misma voluntad de vivir queda derrotada. Hacer pasar hambre a la vista, al oído, a la piel y al olfato es un modo tan eficaz de cortejar la muerte como negar alimentos al estómago. Aunque la dieta era a menudo magra en la Edad Media, aunque muchas comodidades del cuerpo faltaban hasta para quienes no se imponían abstenciones como penitencia, ni el más mísero ni el más ascético podían cerrar del todo los ojos a la belleza. La propia ciudad era una obra de arte siempre presente».

Economía, relación con la naturaleza, (in)sensibilidad estética: tres elementos íntimamente relacionados que necesitan un cambio radical. El núcleo de la cuestión es la sinergia entre economía neoliberal y (des)educación moderna, que hace más profunda esta fractura y vuelve invisible el hecho de que «por lo general, en vez de habitar, somos simplemente alojados». [Ivan Illich]

Es necesario sustituir la economía neoliberal por una economía ética, cooperativa, de apoyo mutuo, entre iguales, respetuosa de los lugares, su(s) historia(s), su estética, su memoria. Eso impulsaría —impulsará pronto— la recuperación de la ciudad del urbifragio, el restablecimiento del diálogo con la naturaleza, el nacimiento de una nueva sensibilidad a condición de que paralelamente se revolucione el actual sistema (des)educativo que permite la aceptación de la pobreza moderna.

El urbifragio —el naufragio de la ciudad y la muerte del arte de habitar— tiene raíces muy profundas en la separación entre avances tecnológicos y verdadero progreso de la humanidad. Esta separación cada día más profunda empezó hace mucho tiempo y su peligro era evidente a quienes querían y sabían verlo.

Walter Benjamin, en 1933, escribe palabras hoy en día más actuales que nunca:

«Nos hemos hecho pobres. Hemos ido entregando una porción tras otra de la herencia de la humanidad, con frecuencia teniendo que dejarla en la casa de empeño por cien veces menos de su valor para que nos adelanten la pequeña moneda de lo «actual». La crisis económica está a las puertas y tras ella, como una sombra, la guerra inminente». Experiencia y pobreza [1933]

Como en una película de Tsai Ming Liang, en las que el agua omnipresente en la metrópoli neoliberal simboliza la aridez de nuestra época y la necesidad urgente de volver a los valores de la vida, una vida hoy empobrecida por el capitalismo en su última fase, lo «actual», la ciudad anhela volver al agua para devolver sentido a nuestras vidas fragmentadas por fracturas invisibles, alimentadas día a día, por carencia de agua. Esa línea nítida y afilada que separa la ciudad antigua de la ciudad moderna es una fractura que visibiliza otra invisible, en el interior de cada uno de nosotros. Urbífragos en busca de agua.


Artículo publicado en Periódico Diagonal

Fuente fotográfica: Luis Marina | Flickr


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