El 30 de marzo de 2015 fue aprobada la Ley Orgánica de Protección de la Seguridad Ciudadana, que modifica el Código Penal. El 31 de mayo de 1938 fue promulgada por el Tercer Reich la Ley acerca de la Confiscación de Productos de Arte Degenerado. Setenta y siete años separan los dos eventos, en el medio el llamado progreso. Eventos que no es insensato analizar en paralelo, encontrando analogías.

Por un lado una ley cuyo nombre es claro, no presenta sombras, muestra su sustancia en su violenta verdad, un nombre que describe lo que la ley agrede: el Arte considerado degenerado. ‘De + genus‘, que se aleja de su origen -sus sinónimos son ‘depravado’, ‘pervertido’- obras que se habían alejado de lo correcto, ejemplar, normal, modélico de los valores del Tercer Reich. Por otro lado una ley moderna, que utiliza el lenguaje -falsificándolo- para esconder su esencia violenta: falsificación elemental, tan banal que incluso el sistema (des)educativo actual permite ponerla al desnudo.

El adjetivo ‘seguro’ –sēcūrus– significa ‘sin (sē-) preocupación (cūra)’. ¿Cuál es la preocupación en cuestión? ¿De qué actos la ley nos defiende? Es evidente que la ley garantiza la anulación de cualquier preocupación -la seguridad- a los privilegiados que anhelan lograr la aniquilación de la vida de la mayoría de las personas en pos de un beneficio personal sin límites de una minoría, escondiendo la violencia del gesto detrás de las aparentes libertades modernas y la falsificación del lenguaje.

La ley del régimen Nazi produjo la confiscación de alrededor de 20.000 obras consideradas de-generadas. Fue el paso siguiente a la conocida exposición organizada en Munich el año anterior a la ley -en 1937- bajo el título Entartete Kunst (Arte Degenerado). La exposición es una summa de 600 de los mejores ejemplos de arte moderno, secuestrados por los Nazis para denunciar su carácter degenerado, depravado, pervertido. Depravado (dē + prāvus) se refiere al carácter desviado, malformado, torcido (prāvus), y se opone a rectus. Pervertido -aunque el uso moderno olvide su origen- viene de pěr– (completamente) y vertere (dar vueltas), por lo tanto pervertido significa ‘persona que tiene costumbres que están completamente al otro lado de lo aceptado’.

¿Qué es lo aceptado?

En la época del régimen Nazi lo aceptado (por lo menos por el Reich) eran los valores que conocemos: la pureza racial, el militarismo, la violencia, la obediencia, la misoginia, la homofobia, la hierarquía, el nacionalismo, el autoritarismo entre otros. Las obras de arte pervertidas, depravadas, degeneradas daban la espalda -retorcidas y sufrientes- a los valores Nazi y eran creaciones de autores como: Vincent Van Gogh, Otto Dix, George Grosz, Max Beckmann, Oskar Kokoschka, Marc Chagall, Pablo Picasso, Egon Schiele y 1400 artistas más. Belleza no canónica (griego-romana), un imparable deseo de verdad (personal y humana), crítica social, irrisión del poder, sarcasmo hacia la insensatez de la historia, representación de cuerpos mutilados para expresar aversión por la guerra, representan actos insoportables para un régimen fundado en la ocultación de la verdad humana, la represión del pensamiento y los actos, el establecimiento afanoso de normas y cánones para alcanzar la seguridad (de la muerte interior). Cualquier acto que no siga lo principios Nazi es considerado degenerado.

Hoy lo aceptado es igualmente violento, suavizado por la aparente libertad en la que creemos vivir Hoy lo aceptado es igualmente violento, suavizado por la aparente libertad en la que creemos vivir, diluido en una cotidianidad cínica e indiferente, medicalizado, prostituido, escondido en lugares que no queremos ver -espacios complementarios a la metrópoli, que la sostienen-: el Mediterráneo como metrópoli de los muertos, los lugares de producción en continentes lejanos -invisibles, cuyo olor viene borrado por el scientific management-, los vertederos de los escombros de nuestro sistema de producción -a veces en forma de isla, en las periferias, en los océanos- los espacios de reclusión y secuestro fuera del derecho, que materializan el concepto de campo -hospitales psiquiátricos, centros de internamiento de migrantes-. Esa diluición es el centro del problema, esa falsificación, el aparente desvanecer de la violencia trasladada a espacios otros -escondidos, invisibles, separados, expulsados de nuestra conciencia, pero densamente presentes- y su penetrar en los gestos más cotidianos.

Cualquier acto que ponga en tela de juicio ese status quo -o que, en otras palabras, limite el aumento de las desigualdades, tanto económicas como humanas- es hoy considerado un acto degenerado, depravado, pervertido. La libertad de crítica, de disenso, de protesta, la libertad de palabra contraria es punida por ley (o bien comprada como cualquier otra mercancía). Un acto que modifique la subida de una cotización, que impida un contrato de venta, que desvíe una inversión mortífera, que obstaculice una ley que favorece a los inversores es un acto degenerado, peligroso. Sin embargo la llamada Ley de Seguridad Ciudadana es un acto fascista evidente, que podemos fácilmente reconocer, perpetrado por un régimen autoritario cuyos medios no son muy diferentes a los usados por los regímenes del siglo XX, a pesar del intento de suavización -elemental, inútil, grotesco- a través del nombre de la ley (que en otra época hubiera sido: Ley de Censura de los Actos Degenerados). El problema no es sólo esta ley -que no conseguirá silenciar a las personas- sino todo lo que de forma silente ha sido creado hasta ahora (y que la ley protege), situación que la ley incluso ayuda a identificar, poner al desnudo. El problema grave es el actual status quo, este ‘mundo completamente surrealista’ (como lo define Chomsky) en que estamos sumergidos, como náufragos inconscientes. La isla que nos salvará necesita -para poder ser vista- cambios radicales en nuestra manera de vivir.

Si miramos algunas de las pinturas de la exposición Entartete Kunst nos podemos dar cuenta de su penosa actualidad, imágenes claramente violentas se difuminan y diluyen -hoy en día- en actos falsamente libres, sólo aparentemente menos violentos: simulacros.

George Grosz | Früh um 5 Uhr! Im Schatten (1921)

En la serie Im Schatten (En la sombra, 1921) de George Grosz -en la que son representados los burgueses del Berlín de los años Veinte perdidos en sus cocktails de virilidad entre mujeres inexistentes o violadas mientras una humanidad silente se dirige al sacrificio cotidiano, llamado con orgullo trabajo por algunos, separada por un muro del resto de la sociedad- podemos fácilmente ver a los ejecutivos de una multinacional o de una compañía eléctrica moderna, con empleados precarios con sueldos equivalentes al alquiler de un piso modesto que componen un fondo lúgubre.

Käthe Kollwitz, quien fue la primera mujer que accedió a la Preußische Akademie der Künste (Academia Prusiana de las Artes) en 1919 (fue expulsada, ça va sans dire, en 1933), se dedicó a retratar a los oprimidos, los náufragos de su época, que una lectura detenida (hoy considerada
degenerada) revela muy familiares.

Käthe Kollwitz | Ende – Ein Weberaufstand (1897)

En Ein Weberaufstand (La revuelta de los tejedores, 1897) -ciclo de seis obras sobre la fallida rebelión de los tejedores en Silesia, en la imagen Ende (Fin) – vemos a las miles de personas a miles de kilómetros de distancia de nosotros que -hoy en día- pierden su vida en una industria textil que es uno de los espacios complementares a nuestras metrópoli, lugar de sacrificio que sostiene nuestra economía -esta vez sí- degenerada.

Käthe Kollwitz | Das Letzte (1924)

En Das Letzte (La última cosa, 1924), se puede reconocer sin demasiada fantasía a una de las infinitas víctimas modernas -una persona desahuciada, despedida, defraudada por un banco, encarcelada o reclusa en un manicomio.

Vincent Van Gogh | Autorretrato dedicado a Paul Gauguin (1888)

Van Gogh, en su autorretrato dedicado a Paul Gauguin pintando cielos verdes, viene hoy analizado por los psiquiatras y encaja en una docena de inexistentes enfermedades mentales de nombres creativos. Tanto en la época Nazi como hoy era considerado enfermo. La palabra Entartete (degenerado) fue, de hecho, introducida por los psicólogos en el siglo decimonono para describir lo que definían ‘enfermedad mental’.

Cartel de la exposición Entartete Musik, Düsseldorf (1938)

También fue perseguida la música (hubo una exposición en Düsseldorf en 1938, Entartete Musik) -música atonal, jazz y música negra-: el color negro de los músicos jazz sigue siendo el chivo expiatorio, el saxo amenazador de la moral Nazi se ha convertido en patera reveladora del naufragio de nuestra época, cuyo cruzar el Mediterráneo es considerado un acto degenerado, amenazador, punible por ley. La dirección de los flujos conquistadores europeos hacia África -tierra repartida como en un plan de compra de acciones- se desvía en el espacio, per-vertida, en una dirección contraria, devolviéndonos la verdad de nuestra época, como una Eco.

Dos leyes, setenta y siete años de llamado progreso, muchas analogías. Resuenan las palabras de Pasolini, pronunciadas en referencia a Sabaudia, la ciudad cerca de Roma diseñada por el régimen fascista. Sabaudia -dice Pasolini- es una ciudad que no tiene nada de fascista, excepto su arquitectura (degenerada -esta vez sí- en estilo).

El régimen fascista no logró convertir a la gente de Sabaudia en fascista -dice Pasolini-. Sólo algunos años más tarde el objetivo fue alcanzado, y el medio no fue una ley o un proyecto urbano, sino un medio de formación (y su lenguaje): la televisión.

De hecho ese nefasto suceso -la Ley de Seguridad Ciudadana- representa simplemente el retorno a las maneras autoritarias del siglo pasado en un largo proceso de fascismo silente que empieza con el lenguaje televisivo de los años de Pasolini e interesa ahora todos los ámbitos, desde la prostitución del lenguaje en el ámbito publicitario a su falsificación en el ámbito pseudo-médico y psiquiátrico, hasta un periodismo que insulta la inteligencia humana. Un fascismo micrológico -como lo define Michel Onfray- permea nuestra época, sustituyendo los más reconocibles regímenes del siglo XX. Su éxito es ampliamente garantizado por un sistema (des)educativo obligatorio que debería ser desmontado, destrozado rápidamente para poder volver a recuperar la vida.

Frente a una situación de tal naturaleza, queremos ser degenerados, desviados, pervertidos, dando la espalda a los fundamentos de un modus vivendi que ha perdido sentido y significación, un fascismo micrológico que permea lo cotidiano -vaciado- alejándonos de nuestro centro, nuestra humanidad, nuestra autonomía, nuestros cuerpos, nuestras anomalías, nuestros deseos perversos.

Queremos ser de-generados, para ser un género nuevo, otro -una isla para los náufragos- que vuelve a la densidad de la vida (y de la lengua), que rechaza la autoridad, los privilegios, el poder sobre los demás, el miedo a la verdad personal e íntima, los simulacros de la vida.


Artículo publicado en Periódico Diagonal