El pasado 8 de febrero murieron más de 300 personas en las aguas del Mediterráneo, entre Libia y la isla de Lampedusa.

Después del celebrado (hipócritamente) 3 de octubre de 2013 –día en que murieron 386 personas en las mismas aguas (a las que fue concedida, una vez confirmada su muerte, la nacionalidad italiana)– y la muerte de numerosas personas en otros sucesos que son el producto del cinismo cotidiano, la tragedia se ha repetido.

Se habla de naufragio, navifragium, el frangĕre, el romperse de un barco, navis. ¿De qué barco se habla cuando se usa la palabra naufragio? ¿Qué es lo que se ha roto, frangido? Los barcos inseguros, vacilantes, en los que las organizaciones criminales (cuya existencia es permitida por las políticas prohibicionistas) almacenan a las personas –con el uso de armas, como ha relatado uno de los supervivientes– siguiendo la lógica de la obtención del mayor beneficio abaratando los costes, no son en realidad los protagonistas del naufragio. Las naves que no han podido frangĕre las olas del mar, protagonistas de las previsibles y cínicamente conmemoradas tragedias, son la economía y la sociedad modernas, que vacilan vaciando la vida de sentido y significación –sacrificándola en el altar del beneficio y los privilegios de una minoría– y naufragan llevando a los hombres y a la vida misma al fondo del mar, al abismo.

La técnica, que nos ha ofrecido el poder para hacer frente a la mayoría de las adversidades naturales, evidencia aún más la separación entre desarrollo técnico por un lado y progreso en el uso de la técnica por el otro, revelando un analfabetismo educativo que sólo podrá ser derrotado a través de un verdadero proceso educativo, de comprensión de la vida y la naturaleza, de rechazo de su conquista, de rechazo del poder sobre los demás –proceso educativo que llevaría a usar la técnica, la τέχνη, el saber hacer como herramienta para la vida, proceso educativo que es completamente ausente en la llamada educación obligatoria.

Las aguas del Mediterráneo se convierten en el lugar que revela las fracturas internas de otro lugar, la metrópoli. El mar se convierte en el espacio complementario y necesario a la actual organización económica de la metrópoli, su cara oculta que cela en un elemento natural –el agua– todas las reificaciones de las abstracciones humanas –las leyes económicas– que no pueden ser mostradas, negándolas. El mar revela la verdad de una economía que se ha perdido, como un barco tambaleante cargado de tóxicos. Venenos fruto del scientific management se diluyen en un agua que ha llegado a ser un producto, a la venta de quien puede comprarla. Personas que reclaman lo que les ha sido sustraído, pueblos enteros que caen al agua bajo las leyes económicas dictadas por una minoría –con el uso de la violencia– no tienen cabida en el espacio de la metrópoli, hundiéndose con barcos vacilantes en su espacio complementario.

Las voces de las personas muertas se vuelven gritos, presentes y vivos en su ausencia. Barco que vacila, navis fracta, economía muerta.


Artículo publicado en Periódico Diagonal

Fuente fotográfica: lula1977 | Lampedusa guardando verso Lampione (Lampedusa mirando hacia Tunisía)


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