El 26 de septiembre de 1940 Walter Benjamin, después de cruzar la frontera entre Francia y España para huir de los nazis, se suicida en Portbou, en un hotel bajo vigilancia de la policía franquista para ser reenviado a Francia.

El hecho de que un refugiado termine su vida en una frontera pone de relieve la conexión entre dos momentos históricos –pasado/presente, separados por 75 años de historia(s)– que, a pesar de sus evidentes diferencias, comparten elementos no secundarios.

Pocos meses antes de atravesar a pie los Pirineos, Benjamin escribe algunos textos –más tarde publicados bajo el título ‘Tesis sobre el concepto de historia’– que proyectan una luz que tendría que iluminar nuestra época.

Como explica brillantemente Michael Löwy en su análisis de las Tesis, Benjamin propone la apertura de la historia, o sea rechaza la idea de la identificación con los vencedores de la historia y la admiración por el éxito –rehusando unirse al ‘cortejo triunfal’ de la Civilización, el Progreso y la Modernidad que aplasta a los vencidos– sustituyéndola por la identificación con los vencidos.

Las Tesis nos dicen que los eventos no fueron/son inevitables, sino que la opción que ganó/gana representa sólo una entre varias opciones posibles, la opción de los vencedores, evitable.

El análisis de Michael Löwy nos pone ejemplos claros:

Contra la historia de los vencedores, la celebración del hecho consumado, los caminos históricos de dirección única, la inevitabilidad de la victoria de quienes triunfaron, es preciso volver a esta constatación esencial: cada presente se abre a una multiplicidad de futuros posibles

En cada coyuntura histórica existían alternativas que no estaban destinadas a priori al fracaso: la exclusión de las mujeres de la ciudadanía durante la Revolución Francesa no era ineluctable, el ascenso al poder de un Stalin o un Hitler no era irresistible […] la decisión de lanzar la bomba atómica sobre Hiroshima no tenía nada de inevitable.

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Monumento a Walter Benjamin | Portbou

El hecho de que Walter Benjamin haya terminado su vida en una frontera, como refugiado y como un refugiado de la Europa contemporánea, es un hecho que, visto desde nuestra época, da vida a una línea que une las dos imágenes en una constelación que nos ilumina sobre los infinitos futuros posibles, sobre la evitabilidad de los eventos que están aconteciendo en nuestro presente, sobre la necesidad de estar de la parte de los vencidos.

Al sucederse de los eventos que estamos viviendo sin cuestionarlos –como si fueran inevitables, ineludibles, necesarios, fruto y alimento de un progreso benéfico– y a la luz arrojada durante la noche del 26 de septiembre de 1940 en la habitación de un hotel que se había vuelto un campo, tenemos que sustituir una realidad evitable que ve caer la sensibilidad humana  debido a unas leyes escritas por los vencedores –que dividen a las personas en legales e ilegales– por una posibilidad concreta, real, de un presente (y futuro) radicalmente distintos, inter pares. 

Y con gesto decidido y seguro escribir otra historia, con la densidad del ahora, aquí: la historia de otra humanidad, una humanidad que no muere en una frontera –simulacro del verdadero progreso–, una humanidad que supera toda frontera –externa e interna, (des)educativa–, para crear otras posibilidades, escribir otras historias, vivir otros presentes, otros futuros.


Artículo publicado en Periódico Diagonal

Fotografía: Monumento a Walter Benjamin | Portbou


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