El 25 de mayo de 2014 el antiguo aeropuerto berlinés de Tempelhof, construido en 1923 y reconstruido por el régimen nazi entre 1936 y 1941, ha vuelto a ser un elemento clave para la vida de la ciudad, siendo objeto de un referéndum sobre su uso.

Con sus 300 hectáreas, Tempelhof representa uno de los espacios públicos más grandes del mundo, con una superficie parecida a la de Central Park en Nueva York y que supera del 50% el área ocupada por el berlinés Tiergarten. El aeropuerto fue reconstruido –ampliando la estructura del aeropuerto abierto por primera vez en 1923– siguiendo el proyecto del arquitecto Ernst Sagebiel, con una arquitectura que tenía que representar el Tercer Reich. No nos extenderemos en el análisis de la arquitectura clasicista y monumental que caracteriza los edificios del Tercer Reich. El punto que aquí queremos destacar es el carácter vivificador y liberador que Tempelhof manifiesta en dos circunstancias, soplando oxígeno en el cielo de Berlín. La primera es el conocido papel vivificante que el aeropuerto desempeña durante el Berlin-Blockade –el bloqueo de los aprovisionamientos a la parte occidental de Berlín establecido por las fuerzas soviéticas durante la guerra fría, entre junio de 1948 y mayo de 1949– cuando se convierte en el lugar que permite el Luftbrücke, el puente aéreo de las fuerzas aliadas para abastecer a los berlineses occidentales de alimentos, carbón y bienes de primera necesidad y permitir su supervivencia, acogiendo a los aviones que esta vez no regalan bombas sino alimentos con una frecuencia (277.728 vuelos, un avión cada 90 segundos) que los berlineses mayores todavía recuerdan. Tempelhof se convierte de esta manera en una puerta abierta que permite la reconquista de la autonomía, simbolizando el derribo ante litteram del muro de Berlín, que será construido en un noche de agosto doce años más tarde y derribado solamente cuarenta años después del Luftbrücke. Muros y puertas como elementos efímeros que proyectan en el espacio, dándoles forma y materia, las ideas y decisiones de una mayoría ficticia. Barreras y aberturas se alternan sin cese en un equilibrio que aún hoy en día juega en favor de las barreras, materializándose en la construcción de nuevos muros en lugares y ciudades de todo el planeta, cada vez más frecuentes y a la vez poco conocidos.

Templehof | Meghan Newell

La segunda circunstancia que permite a Tempelhof reforzar su presencia en la vida de los berlineses es su apertura, en 2010, como parque de recreo, después de su cierre como aeropuerto en 2008. El parque, en sólo cuatro años, ha llegado a ser un lugar en que diferentes tipos de personas –de edades y etnias distintas– y diferentes actividades se combinan, se componen y se confunden sin reglas: bicis, skates, mountainboards arrastrados por una cometa, se mezclan a barbacoas, hortalizas, instrumentos musicales; la desnudez convive con la indumentaria más variada, actividades creativas se completan con simples momentos de tranquilidad, el otium al que se le suele oponer el más productivo negotium. Neukölln, Kreuzberg, Schöneberg son algunos de los barrios –antiguas ciudades en las afueras de Berlín, que en 1920 fueron anexionadas a la ciudad en el Groß Berlin Gesetz, la expansión que hizo de Berlín la capital de la cultura europea en los años 20– que tienen una estrecha conexión con Tempelhof.

Cuando en agosto de 2013 el gobierno de la ciudad convoca un concurso para el desarrollo del área de Tempelhof –con la construcción de 4.700 apartamentos, una biblioteca para competir con la del Centre Pompidou, un lago artificial y despachos de lujo, que será ganado ex-aequo por dos proyectos de dos estudios de arquitectura, MOA de Zurich y Kohlmayer-Oberst Architekten de Stuttgart– una luz se encendió en la mente de los berlineses. La atonía que envuelve las grandes ciudades de Europa como una niebla densa dejó espacio a una visión clara: Tempelhof no puede dejarse anestesiar por las empresas constructoras en connivencia con los muchos arquitectos que olvidaron hace tiempo la palabra habitar para sustituirla por alojar –en locales de almacenamiento para objetos que circulan a través del espacio homogéneo de bienes de consumo (Illich)– arquitectos que se han alejado de la vida para mirar su propia imagen, como Narcisos a punto de ahogarse. Tempelhof no puede dejar de ser el espacio de libertad que ha sido en los últimos sesenta años. Los berlineses decidieron que había que defender un espacio vacío y libre –que tendrá que permanecer vacío y libre–; comunicaron y compartieron sus inquietudes y recogieron más de 185.000 firmas necesarias para convocar un referéndum para bloquear el proyecto. Algunos meses más tarde, el 25 de mayo de 2014, junto a unas elecciones europeas en las que los nacionalistas han vuelto a usar los colores para separar a las personas, los berlineses votaron a favor del bloqueo del proyecto, con un 65% de votos favorables.

El proyecto ha sido bloqueado, Tempelhof seguirá siendo lo que es, un espacio libre poco organizado, que los berlineses están viviendo de la manera que prefieren, cada uno con su proyecto, personal, a veces compartido, a veces no, siempre decidido autónomamente. La biblioteca puede ser construida en otra zona de la ciudad y la necesidad de lugares en que los muchos extranjeros que deciden transferirse a Berlín puedan vivir puede ser satisfecha de otra manera, por ejemplo dando la posibilidad de habitar un lugar vacío y abandonado, sin la presencia de empresas constructoras ni de inversores, llenando de vida los vacíos que la guerra ha dejado en la ciudad y que todavía siguen presentes y aportando un beneficio tanto a los nuevos berlineses como a los antiguos en una simple sinergia autárquica.

La cancelación definitiva de una inversión de 500 millones de euros es un hecho notable, que devuelve la esperanza a los habitantes de las metrópolis anestesiadas, organizadas, planeadas, vendidas por una mayoría ficticia. La cancelación del proyecto rompe todo el equilibrio abstracto del urbanismo, juego político basado en el poder que ninguna relación tiene con el gobierno de la polis, sino con la simple y ciega aplicación de un sistema económico que ha llegado a su extremo. En Tempelhof podrá seguir existiendo el Allmende –término medieval que indica una zona agrícola de propiedad común que cualquiera puede usar libremente– zona de 5.000 metros cuadrados de jardín y huertos que nació en 2011 por iniciativa de Allmende-Kontor, una red que desde 2010 no sólo organiza los huertos urbanos de Berlín, recuperando espacios urbanos, sino se ocupa también de la organización urbana y de soberanía alimentaria, recuperando antiguas variedades de hortalizas que la mayoría de los berlineses nunca ha conocido, entre otras un tipo de patata de color violeta intenso. Desde hace algunos años frutas, verduras y flores crecen en el Allmende Kontor, que tiene, además, la intención de reflejar la diversidad cultural del barrio, como si fuera su Eco: edades y etnias se mezclan sin reglas en el cultivo de la tierra, en el centro de una metrópoli, al lado del antiguo edificio semicircular del aeropuerto construido por los Nazis para ser un aeropuerto a nivel mundial y como expresión propagandística del régimen.

Como dijo Pasolini en referencia a Sabaudia –ciudad planeada por los fascistas de la que Pasolini destacaba la capacidad de sus habitantes de hacer de Sabaudia una ciudad que, en realidad, no tenía nada de fascista– de la misma manera en Tempelhof las patatas violetas siguen creciendo sin hacer caso a las banderas, las naciones, las empresas constructoras y los Narcisos a punto de ahogarse.


Artículo publicado en Periódico Diagonal

Fuente fotográfica [banner]: Templehof | Meghan Newell