En un hipotético manual para planear la destrucción de una ciudad las instrucciones serían las siguientes: acelerar el turismo de masas, intensificar la dependencia de la economía del turismo, causar un aumento importante de los precios de la vivienda, incrementar el tráfico aéreo y automovilístico, promover la construcción de edificios-producto de iniciativa privada que concentren a los turistas en zonas céntricas de la ciudad.

En un hipotético manual para acelerar la destrucción en curso del ecosistema planetario las instrucciones podrían ser las siguientes: aumentar las emisiones de gases de efecto invernadero, incrementar la producción de energía, intensificar el uso de combustibles fósiles, acelerar el expolio de los materiales que el planeta ofrece, amplificar la destrucción de la naturaleza, acrecentar la cantidad de residuos.

De hecho los elementos que producen o agravan la destrucción de la ciudad actúan a menudo en la misma dirección que lleva a la destrucción de la vida en el planeta. Son el resultado de la misma forma de estar en el mundo, la conquista y mercantilización de cualquier elemento o forma de vida presente en el frágil globo terráqueo.

Una excelente fórmula para acelerar la destrucción tanto de la ciudad como del planeta sería, por ejemplo, combinar la ampliación de un aeropuerto ya sobredimensionado con la construcción de una nueva terminal de cruceros —la más moderna de Europa— y la creación de una operación especulativa disfrazada de cultura: un museo. Aunque es difícil de creer, aún más en un contexto de emergencia climática que ha producido una multitud de declaraciones políticas, y un contexto pandémico que tantos ríos de tinta ha hecho correr para declarar solemnemente que nada será como antes, la fórmula aceleratriz está tomando forma en una ciudad modelo: Barcelona.

De los tres elementos vitruvianos fundamentales para cualquier construcción, sin duda alguna la ūtĭlĭtas no está presente en los proyectos en cuestión.

Elemento fundamental para que la operación alcance el éxito que merece es la presencia, como es tradición en la olímpica ciudad, de actores indispensables: los arquitectos-producto, tan distantes de la arquitectura considerada como sutil y delicada sensibilidad hacia el lugar, como profunda sintonía con la naturaleza y los ecosistemas, como saber común para materializar lugares que favorezcan la vida en todas sus formas, como elemento útil para mejorar la vida de una ciudad. De hecho, de los tres elementos vitruvianos fundamentales para cualquier construcción, sin duda alguna la ūtĭlĭtas no está presente en los proyectos en cuestión. Considerando la situación actual, y de las últimas décadas, desde un punto de vista ecológico-social-cultural, el elemento que sería útil introducir en el ámbito arquitectónico-urbanístico es el juramento hipocrático, tan conocido (y tan poco practicado) en el ámbito médico: prīmum nōn nocēre, en primer lugar no hacer daño. Iatrogenia y arkhogenia (así podríamos llamarla) serán dos elementos que los arqueólogos de nuestra época hallarán copiosamente.

Más allá de los arquitectos, la verdadera dirección, no hace falta decirlo, es un entramado de poder económico bien vinculado con las personas que deberían representar los intereses de todos los ciudadanos, quienes deberían ser, en una hipotética democracia, los dueños de la fuerza, el kratos. En el ámbito político el juramento hipocrático debería ser el elemento fundacional de cualquier actividad: prīmum nōn nocēre. Luego sería interesante que, además de no hacer daño, el trabajo político se dedicara exclusivamente al bien común.

En este momento de crisis planetaria y cultural sería no sólo útil, sino urgente, cambiar radicalmente la dirección de la historia. Reduciendo el transporte aéreo, organizando una red de transporte ferroviario que cubra la totalidad de Europa, reduciendo el turismo de cruceros, reconvirtiendo la economía cuya centralidad debería ser la vida en todas sus formas.

En nuestra opinión los proyectos de Ricardo Bofill (autor de la nueva terminal de cruceros, 11.670 metros cuadrados distribuidos en tres niveles) y Toyo Ito (autor del proyecto para el museo Hermitage) dañan la vida de la ciudad y del planeta. Por un lado malgastando recursos económicos que podrían mejorar la vida de todas las personas si se dedicaran a transporte público, vivienda asequible, naturalización de la ciudad, ayudas directas a las personas más afectadas por la pandemia, etc. Por otro siendo edificios in-útiles, con un alto consumo energético y altos niveles de energía contenida en la producción de los materiales, edificios cuya presencia alimentaría las emisiones producidas por la aviación y los cruceros. Son proyectos que impiden la necesaria reconversión de la economía de la ciudad centrándola en las necesidades concretas de sus habitantes, redistribuyendo los recursos, favoreciendo una economía inter pares. En realidad los proyectos no sorprenden: se trata de pasos en perfecta sintonía con la financiación del automóvil eléctrico, el rescate de las aerolíneas, etc. que estamos viviendo. En cambio en este momento de crisis planetaria y cultural sería no sólo útil, sino urgente, cambiar radicalmente la dirección de la historia. Reduciendo el transporte aéreo, organizando una red de transporte ferroviario que cubra la totalidad de Europa, reduciendo el turismo de cruceros, reconvirtiendo la economía cuya centralidad debería ser la vida en todas sus formas. Tal vez, poniendo la vida en el centro de la ciudad, de la economía, de la sociedad, nos sorprenda la vĕnustas.

En abril de 2020 más de 160 académicos y 300 arquitectos firmaron el Manifiesto por la Reorganización de la Ciudad tras el COVID19 —firmado por un total de casi 2100 personas—, comunicando su rechazo a los tres proyectos en cuestión. En el texto que escribí, impulsado por la urgencia de la situación, se indica precisamente la oposición a los tres proyectos, que llevaban tiempo en gestación. En la última sección del Manifiesto, aquella dedicada al decrecimiento (que consideramos el único camino posible para poder seguir existiendo), se leen tres puntos: Eliminar los cruceros, responsables del turismo masivo y de parte de la contaminación, Mantener las actuales dimensiones del aeropuerto, impidiendo ampliaciones e impulsando su reducción, Rechazar la construcción de nuevos museos (por ejemplo la nueva sede del Hermitage), cuya principal finalidad es aumentar los negocios en el ámbito turístico y contribuir a la mercantilización de la ciudad. Por ende los tres proyectos que se quiere realizar cuentan con una fuerte oposición de personas preocupadas por el presente y el futuro de la ciudad, de las ciudades, del planeta.

La causa principal de la destrucción de la ciudad reside en la creación de la marca Barcelona, la conversión de la ciudad en producto. Para salvarse Barcelona necesita decrecer.

Los tres proyectos representan los vértices de un triángulo que define un posible futuro de Barcelona, una ciudad ya completamente mercantilizada: su destrucción. La causa principal de la destrucción de la ciudad reside en la creación de la marca Barcelona, la conversión de la ciudad en producto. Los tres proyectos-mercancía propuestos no hacen otra cosa que reforzar la marca Barcelona, concentrando los beneficios económicos siempre en las mismas manos, sin aportar ningún beneficio tangible a las personas que habitan la ciudad, sin ayudarlas a reducir su sufrimiento cotidiano, sus importantes problemas silenciados por los medios financiados por grupos afines al poder económico.

El último punto del Manifiesto, pensando en el futuro, indica: Eliminar cualquier inversión para promover la ‘marca Barcelona’, contrastando con energía la mercantilización de la ciudad, de sus habitantes, de la naturaleza. Éste es el camino de cambio radical que debemos seguir para que realmente nada vuelva a ser como antes: sustituir la mercantilización de la ciudad y de la vida por la centralidad de la vida misma. Para salvarse Barcelona necesita decrecer. Para salvarnos necesitamos una cultura nueva.

Artículo publicado en El Salto.

Imagen: George Grosz | Explosión [1917]


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